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Miss Clasecitas

“¿Por qué me prohíben usar el móvil los mismos que están todo el día colgados de él?”

“¿Por qué me prohíben usar el móvil los mismos que están todo el día colgados de él?”

A nadie es ajena, a día de hoy, la polémica por el uso de los teléfonos móviles por parte de menores y adolescentes en el ámbito educativo. Como educadora, como madre y como persona que trata de hacer de éste un lugar mejor he tratado de leer todas las posturas y acercarme, aún desde el desacuerdo a todas las opiniones. El problema es que este tema como tantos otros (y con especial apunte a las educativas) se ha visto influenciado por el efecto de la polarización. Así, hemos podido comprobar cómo esas creencias polares de una misma idea se han ido radicalizando en los últimos meses hasta apoyarse en juicios inexactos y sesgos en la información, que se ha visto comprometida por los grupos que se han aferrado a creencias afines. Por ello, hemos pasado de ese consenso que pedimos a la clase política en cuestiones importantes relacionadas con la legislación educativa, al imperativo de la prohibición y a confirmarnos en las ideas propias enfrentándonos con más vehemencia.

La tecnología como una poderosa herramienta educativa

Como docente preocupada por esa visión adultocéntrica que nunca pide opinión al alumnado, me he visto en tierra de nadie, defendiendo cuestiones sociales que no se han tenido en cuenta en este debate. Mientras se ha puesto el foco en lo negativo o nocivo para la salud del empleo de la tecnología, el aumento del ciberbullying a través de ésta o bien cuestiones relacionadas con aspectos atencionales o madurativos de infancia y adolescencia; a mí me han acudido fuertemente ecos de la pandemia y aquel confinamiento de cuyos aprendizajes parece que ya nos hemos olvidado. La sombra de la desigualdad acecha, cuando se habla de una prohibición que quedaría, una vez más, en manos del docente.

«La queja ‘tecnófoba’ que asume la prohibición como única salida habla más del que quiere los teléfonos móviles fuera de las aulas que del propio alumnado, que recibe discursos bastante hipócritas»

Para mí, la tecnología es una herramienta poderosa que ha cambiado y mejorado nuestras vidas y también que necesita de mucho trabajo educativo y de formación, tanto en las casas como en los centros educativos. El problema está en cómo se nos muestra esta tecnología, cada vez más intuitiva para captar al público joven, para el beneficio del lobby tecnológico. Todos (adultos y adolescentes) usamos mal los teléfonos móviles, pues ha sido rentable que así lo hagamos. Pero la queja ‘tecnófoba’ que asume la prohibición como única salida habla más del que quiere los teléfonos móviles fuera de las aulas que del propio alumnado, que recibe discursos bastante hipócritas. Por un lado, se educa en no controlar el móvil de la pareja, pero luego somos nosotros mismos, como padres y madres, los que rompemos cualquier lazo de confianza, los que prohibimos su uso en los recreos de los institutos con toda autoridad moral. El control de la tecnología es delito, pero no para todos…

Niña Usando El Móvil En Clase.

La importancia de educar en el uso de la tecnología  

Como docente, siempre estaré del lado de educar, de mostrar el uso correcto de cualquier tecnología y empoderar a mi alumnado para que use los dispositivos móviles en su beneficio. También para denunciar, pues estar conectados a Internet no es un capricho, sino un derecho fundamental. Así lo ha reconocido la ONU desde el 4 de julio de 2018, como medida para luchar contra la desigualdad social y reforzar el derecho de libre expresión. En lo educativo, recordemos el efecto cuna, por el cual las familias adineradas con un mayor acceso a la tecnología, fueron aquellas cuyos hijos tuvieron mejores resultados académicos en la pandemia, que causó una gran desigualdad educativa con la brecha tecnológica. 

«Como docente, siempre estaré del lado de educar, de mostrar el uso correcto de cualquier tecnología y empoderar a mi alumnado para que use los dispositivos móviles en su beneficio»

Y es por este motivo que la temática del uso de los teléfonos móviles por parte de los jóvenes se polariza. Por un lado, se nos insta desde la UE a crear ecosistemas educativos digitales de alto rendimiento y a mejorar las competencias digitales docentes y discentes a través del Plan de Acción de Educación Digital. Por otro, numerosas familias se unen para recoger firmas que dejen los dispositivos móviles fuera del alcance de los adolescentes. PISA aboga por un uso moderado ante la prohibición por un lado, y Twitter, por el otro. La OCDE desaconseja su prohibición y la nomofobia (miedo a estar sin móvil) genera una falta de consenso científico en su aceptación, pero avanza.

Y entre medias, ni en un polo ni en el otro, un estudiante se cuestiona: “¿por qué me prohíben usar el móvil los mismos que están todo el día colgados de él?” Y es que, como dijo en su día, Michel de Montaigne: “prohibir algo es despertar el deseo”; y por irreverente que parezca, la prohibición muy probablemente nos traerá no solamente más desigualdad sino todas esas problemáticas asociadas a su uso multiplicadas por mil. Un panorama que contemplaremos pronto y recordaremos, siempre, desde el momento en el que elegimos no educar en un uso responsable del teléfono móvil como sociedad.